Monday, July 10, 2006

NOCTURNO DE SINFONÍAS Y BOLEROS EN EL BAR DE LA AMISTAD. A PROPÓSITO DE CANTAR DE HELENA Y OTRAS MUERTES



POR RAÚL JURADO PÁRRAGA

" La aún breve y sólida obra de Fernando Carrasco Núñez (Lima,1976) reunida bajo el título de Cantar de Helena y otras muertes (Lima, Editorial Limapop,2006) es para nuestro gusto un texto peculiar por la estructura temática, donde resaltan los relatos de fina referencia intertextual que Carrasco trabaja con prosa segura recreando espacios míticos como el relato que da nombre al libro Cantar de Helena o el titulado Un pequeño paseo en bote. O su ampliación de referentes literarios como en Solo el viento que trae tu nombre. Textos organizados desde la lectura apasionada de los guiños a los autores a que se admira: Homero, Moro, Wesphalen, Vargas Llosa, Cesáreo Martínez, Ibsen, Trakl, Faulkner, Reynoso, etc. Referencias asumidas como pretextos que generan textos de raíz madura..."

" Un comentario aparte merecen los tres cuentos rockoleros donde Carrasco con pulso maduro de escritor vivencial nos entrega cuadros de lenguaje de nocturnidad, de personajes malogrados, de solitarios amantes del arte..."

Monday, May 15, 2006

Las Formas de la muerte en la Ópera prima de Fernando Carrasco

Por Mario Malpartida Besada

Con esta su ópera prima, Fernando Carrasco ha logrado articular un conjunto de relatos en donde las historias son llevadas sin los dramatismos que muchas veces plantea el tema de la muerte como leitmotiv, con el lenguaje adecuado y las perspectivas estilísticas más convenientes a cada historia específica desarrollando una prosa realmente limpia y transparente. En muchos de los textos se observa el recurso de hablar de sí mismo o de sus preferencias estéticas a través de los personajes como una especie de fenómeno catártico. Esto se nota con mayor nitidez en “Última sinfonía de otoño”, “Sólo el viento que trae tu nombre” y en los tres cuentos rockoleros. Inclusive, en uno de ellos se vislumbra la parte autobiográfica de su transcurrir en la ciudad de Huánuco, su residencia eventual. Visto así, aun con diferencias entre el primer y el segundo bloque, la unidad del libro está remarcada tanto por la correcta y artística utilización del lenguaje como por una visión totalizadora de los riesgos del mundo moderno, no libres de cierta visión pesimista de la vida.

Wednesday, April 05, 2006

Sobre el libro CANTAR DE HELENA y otras muertes


"Con Cantar de Helena y otras muertes, Fernando Carrasco se inscribe en la lista de escritores jóvenes más prometedores de nuestro país".

Samuel Cardich, Huánuco 2006

Cantar de Carrasco


Por Miguel Ildefonso.
Muerte, ironía, destino, son algunos de los hilos conductores que nos hacen recorrer estos diez textos, número de la perfección clásica. Es desde lo clásico de donde parte la escritura de Carrasco: su ritmo, su léxico, su entonación, la construcción de sus historias; algo que podría remitirnos al Decamerón, insisto, y no solo por el decálogo. Pero también hay una suerte de rastreo por diferentes estilos recogidos de una vasta tradición universal, un catálogo de registros temáticos, una sutil gama de experimentalismo, un ludismo calculado, en el que desfilan personajes muy definidos tal como se concebían a los héroes y antihéroes clásicos. Pero lo que convierte a la escritura de Fernando Carrasco en el arte de desmembramiento del arte formal, y siguiendo quizás a un maestro como Julio Ramón Ribeyro, es la conciencia oscura del hartazgo existencial, la intuición elaborada y desaforada de hallar una salida a la muerte de los metarrelatos. Lo que llama Miguel Angel Huamán en el prólogo, en una perspectiva postmoderna: la angustia.
(Extracto de la presentación leida en Huanuco, el 16 de marzo del 2006)

Nocturno de tangos y tangas

Ernesto volvió su celeste mirada hacia la radiola y, frente a ella, divisó como a través de un espejo empañado por el hálito del tiempo, a la mujer de la barra, de flamígera cabellera y ojos zarcos que, imprevisiblemente, empezaba a delinear una sonrisa en sus labios inmarcesibles. Ernesto permaneció un instante fluctuando sobre las aguas de la incertidumbre; sin embargo, reconoció la inequívoca sonrisa. Aquella sonrisa tímida y melodiosa que muchas veces en su recuerdo, él había vinculado, misteriosamente, con esa sonrisa con que las niñas suelen esconder una dolorosa equivocación.

De Cantar de Helena y otras muertes

Un pequeño paseo en bote

Como en un sueño, corrió hacia el borde donde yacía la barca. Era una sutil barca negra, al parecer muy antigua pues estaba rajada en parte. Sobre ella, rígido, se encontraba el dueño, de espaldas a la orilla. «Hola», —saludó él—, pero el hombre no contestó. Permaneció en silencio un instante y volvió a preguntar: ¿Puedo subir? El barquero asintió con la cabeza, sin emitir una palabra. Cuando el muchacho estuvo cómodo dentro, la barca se puso en marcha y lentamente se fueron distanciando de la orilla, sobre las lívidas ondas de la laguna. Una sensación agradable lo acompañaba. Sentíase realizando una empresa que por mucho tiempo no había podido realizar, por motivos que no llegó a recordar. De rato en rato volvía la mirada y veía cómo la barca hendía la ondeante superficie de la laguna. Pero inexplicablemente volvieron las imágenes. Esta vez creyó ver brazos de hombres que se ahogaban. Imaginó cuerpos desnudos y sangrantes que despedían blasfemias y ayes de dolor, hasta que la voz austera del anciano lo regresó a la barca. «Llegamos, ahora baja». Como un autómata, aturdido, bajó de inmediato en un enorme lodazal bañado de un légamo verdoso. Cuando reaccionó, el hombre ya empezaba el regreso solo. Él, algo atónito, solo atinó a preguntar: «¿Cómo se llama este lugar?» El hombre no contestó. «¿Dígame entonces, quién es usted? —volvió a preguntar—, acalorado ¿Cómo se llama?»

De Cantar de Helena y otras muertes

Cantar de Helena

Así se corona la vida de la más doliente de las mujeres. Mis ojos ya no han de percibir la luz del amanecer. ¡Oh, Zeus, por qué me has abandonado! Ya la soga rodea mi cuello. Ya mis verdugos aguardan la orden final. Aquí morirá mi cuerpo, pero mi nombre seguirá rodando por el mundo, de boca en boca, masticado siempre con rencor hasta que el hombre termine de destruir su propio hogar —porque todo edicto ha de cumplirse— Y entonces, al fin habré alcanzado la paz eterna. Y este tiempo que no sacude nada ha de empolvar más mi nombre. Y llegarán nuevas generaciones cargadas de soberbia y ambición. Y originarán nuevas guerras. Y siempre maldecirán mi nombre. Sin embargo, en cada época, habrá también diminutas bocas que buscarán justicia. Me prestarán su voz y yo hablaré entonces. Y todos me han de escuchar gritando mi verdad entre la gente.
De Cantar de Helena y otra muertes

Retorno a las cavernas


Sumergido en sus pensamientos se fue adormeciendo lentamente hasta conciliar el sueño. Soñó que corría asustado por un cerro, entre piedras enormes, perseguido por un hombre que avanzaba amenazante. Soñó que gritaba enronquecido que lo ayudasen, que no permitieran que se lo llevara. Al momento despertó abrumado y percibió que la oscuridad del cuarto se había tornado más densa. Sólo el lamparín luchaba contra las tinieblas. El frío arremetía y él deseaba hacer de la frazada parte de su cuerpo tembloroso. ¿Y ese sueño qué significaba? Ahora recordaba. Hacía algunos años, su madre le refirió que en los primeros tiempos del barrio los niños empezaron a morir inexplicablemente. Algunas mujeres decían que era el «abuelo» quien se llevaba el alma de los niños y que por eso tenían que regar sus casas con agua bendita, hacer un hoyo en las faldas del cerro con ofrendas y así aplacar la cólera de aquel personaje. Ciertamente las muertes cesaron y algunos niños, incluido él, sobrevivieron. Ahora, casi veinte años después, algo similar se producía. En lo que iba de ese año, tres de sus contemporáneos habían muerto por motivos no esclarecidos, y aún a nadie se le había ocurrido mencionar a aquel «abuelo» enigmático. ¿Acaso ya dejaron de creer en esas cosas? Entonces cómo era posible que él estuviese pensando en eso. ¿Se había vuelto supersticioso? «Tonterías», pensó, al tiempo que lo atacaba un nuevo acceso de tos, esta vez más profundo. Sintió como el descorrerse de un hilillo dentro de su espalda. Eso lo estremeció aún más.

De Cantar de Helena y otras muertes