Wednesday, April 05, 2006

Retorno a las cavernas


Sumergido en sus pensamientos se fue adormeciendo lentamente hasta conciliar el sueño. Soñó que corría asustado por un cerro, entre piedras enormes, perseguido por un hombre que avanzaba amenazante. Soñó que gritaba enronquecido que lo ayudasen, que no permitieran que se lo llevara. Al momento despertó abrumado y percibió que la oscuridad del cuarto se había tornado más densa. Sólo el lamparín luchaba contra las tinieblas. El frío arremetía y él deseaba hacer de la frazada parte de su cuerpo tembloroso. ¿Y ese sueño qué significaba? Ahora recordaba. Hacía algunos años, su madre le refirió que en los primeros tiempos del barrio los niños empezaron a morir inexplicablemente. Algunas mujeres decían que era el «abuelo» quien se llevaba el alma de los niños y que por eso tenían que regar sus casas con agua bendita, hacer un hoyo en las faldas del cerro con ofrendas y así aplacar la cólera de aquel personaje. Ciertamente las muertes cesaron y algunos niños, incluido él, sobrevivieron. Ahora, casi veinte años después, algo similar se producía. En lo que iba de ese año, tres de sus contemporáneos habían muerto por motivos no esclarecidos, y aún a nadie se le había ocurrido mencionar a aquel «abuelo» enigmático. ¿Acaso ya dejaron de creer en esas cosas? Entonces cómo era posible que él estuviese pensando en eso. ¿Se había vuelto supersticioso? «Tonterías», pensó, al tiempo que lo atacaba un nuevo acceso de tos, esta vez más profundo. Sintió como el descorrerse de un hilillo dentro de su espalda. Eso lo estremeció aún más.

De Cantar de Helena y otras muertes

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