Wednesday, April 05, 2006

Un pequeño paseo en bote

Como en un sueño, corrió hacia el borde donde yacía la barca. Era una sutil barca negra, al parecer muy antigua pues estaba rajada en parte. Sobre ella, rígido, se encontraba el dueño, de espaldas a la orilla. «Hola», —saludó él—, pero el hombre no contestó. Permaneció en silencio un instante y volvió a preguntar: ¿Puedo subir? El barquero asintió con la cabeza, sin emitir una palabra. Cuando el muchacho estuvo cómodo dentro, la barca se puso en marcha y lentamente se fueron distanciando de la orilla, sobre las lívidas ondas de la laguna. Una sensación agradable lo acompañaba. Sentíase realizando una empresa que por mucho tiempo no había podido realizar, por motivos que no llegó a recordar. De rato en rato volvía la mirada y veía cómo la barca hendía la ondeante superficie de la laguna. Pero inexplicablemente volvieron las imágenes. Esta vez creyó ver brazos de hombres que se ahogaban. Imaginó cuerpos desnudos y sangrantes que despedían blasfemias y ayes de dolor, hasta que la voz austera del anciano lo regresó a la barca. «Llegamos, ahora baja». Como un autómata, aturdido, bajó de inmediato en un enorme lodazal bañado de un légamo verdoso. Cuando reaccionó, el hombre ya empezaba el regreso solo. Él, algo atónito, solo atinó a preguntar: «¿Cómo se llama este lugar?» El hombre no contestó. «¿Dígame entonces, quién es usted? —volvió a preguntar—, acalorado ¿Cómo se llama?»

De Cantar de Helena y otras muertes

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